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Uruguay hizo llorar a Brasil: la historia del Maracanazo

20 dic 2012
18h05
actualizado a las 19h54
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Río de Janiero era una fiesta, y no era para menos. Aunado al enorme espíritu brasileño, la ‘Canarinha’ estaba a un paso de proclamarse campeona del mundo.

Éste fue el equipo que ganó el Mundial del 50.
Éste fue el equipo que ganó el Mundial del 50.
Foto: Getty Images

No era propiamente una Final, pero los resultados de las primeras dos jornadas del cuadrangular del Mundial de 1950 determinó que en el duelo entre Brasil y Uruguay se disputara el título del certamen.

La ‘Seleçao’ llegaba de golear a Suecia y a España (7-1 y 6-1, respectivamente); en cambio, los charrúas lo hacían tras empatar 2-2 con la ‘Furia’ y vencer apretadamente (3-2) a los suecos.

Brasil tenía cuatro puntos y Uruguay, tres, pues antes los triunfos valían dos unidades.

Un día antes de la ‘Final’, los jugadores brasileños recibieron relojes de oro que en el dorso decían: “Para los campeones del mundo”.

Los principales diarios amazónicos ya tenían listas sus planas impresas; las carrozas estaban preparadas para encabezar el carnaval de los festejos y ya se habían vendido más de 500 mil camisetas con la inscripción de: “Brasil Campeao 1950”.

La Casa de la Moneda había acuñado monedas conmemorativas con los nombres de los jugadores brasileños.

Incluso el mismo presidente de la FIFA, en ese entonces Jules Rimet, estaba tan convencido del triunfo local, que antes del partido ya tenía su discurso, en portugués, para felicitar al nuevo campeón del mundo.

El ambiente en el Maracaná era una locura: 203 mil 849 espectadores hacían de ese inmueble una pesadilla para la ‘Celeste’. Apenas sonó el silbatazo inicial, la pesadilla se convirtió en un infierno, pues el vendaval contra el arco de Roque Máspoli era brutal.

Sin embargo, poco a poco la visita fue tranquilizando la situación con su futbol pausado, provocando la impotencia brasileña, tanto en la cancha como en las tribunas; nadie podía creer que el marcador no se moviera después de 45 minutos.

Habían transcurrido dos minutos del complemento, cuando Friaça inició el carnaval en el Maracaná. La predicción se hacía realidad.

Después del gol, Obdulio Varela, una de las grandes figuras charrúas, caminó lentamente hacia la portería para recoger el balón del fondo de la red. Posteriormente, con la misma lentitud, caminó hacia el árbitro asistente para reclamarle un supuesto fuera de lugar.

Los gritos y festejos se fueron apagando al ver que el árbitro George Reader se acercaba a discutir la situación con su auxiliar; el gol se mantuvo, pero Varela consiguió su objetivo: enfriar el encuentro.

“Si no enfriábamos el juego, esa máquina de jugar al futbol nos iba a demoler. Lo que hice fue demorar la reanudación del juego, nada más. Crucé la cancha para hablar con el juez de línea, reclamándole un supuesto off-side que no había existido, luego se me acercó el árbitro y amenazó con expulsarme, pero fingí que no lo entendía. Pero mientras hablaba varios jugadores contrarios me insultaban, muy nerviosos. Esa actitud de los adversarios me hizo abrir los ojos: tenían miedo. Entonces, siempre con la pelota entre mi brazo y mi cuerpo, me fui hacia el centro del campo de juego y les dije a mis compañeros: ‘Estos no nos pueden ganar nunca’”, comentaría Varela tiempo después.

Luego de cuatro minutos, el encuentro fue reanudado, pero Brasil ya no lucía tan imponente; hasta el Maracaná perdió el ánimo, lo que aprovecharon los uruguayos para imponer su ritmo y controlar el juego.

Al 66’, Juan Alberto Schiaffino aprovecha una diagonal retrasada de Alcides Ghiggia, para sacar un cañonazo que se coló por el ángulo, para el 1-1; aun con el empate, Brasil era campeón, pues llegaba a cinco puntos, por cuatro de los charrúas.

Entrando a la recta final del cotejo, Ghiggia se mete por la banda derecha y, cuando parecía que sacaría un centro, dispara a puerta y el balón se cuela entre el poste y el arquero Barbosa, que se disponía a cortar el centro.

Maracaná enmudeció y terminó llorando, pues aunque Brasil se lanzó con todo al ataque, la visita consiguió mantener el resultado para conquistar su segundo título de Copa del Mundo.

No hubo discurso al campeón, ni mucho menos carnaval. Aquello pasó a la historia como uno de los días más tristes en la historia de Brasil: hubo un luto nacional espeluznante… y cuentan que hasta suicidios.

A raíz del triunfo uruguayo, Maracaná se vistió de celeste y blanco, pues los organizadores prometieron que el majestuoso inmueble luciría los colores del campeón de aquel Mundial; hasta la fecha, el gran estadio de Río de Janeiro mantiene dichos colores.

“Ganamos porque ganamos, nada más. Brasil era una máquina: nos llenaron a pelotazos. Métanselo en la cabeza: si jugáramos 100 veces, sólo ganaríamos ésa. La casualidad nos dio el triunfo”, comentaría Varela después de varios años.

Nota: El libro 'El Futbol, a luz y sombra', de Eduardo Galeano, fue indispensable para la redacción de esa historia.

Terra

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