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Guardiola salvó el fútbol moderno

Josep Guardiola celebra el título de Champions League en Wembley. Foto: Getty Images
Josep Guardiola celebra el título de Champions League en Wembley.
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Pep Guardiola pasará a la historia por muchas cosas tangibles; sus récords, los13  títulos, que pueden ser 14 con la Copa del Rey que le enfrenta al Bilbao, la opresiva paternidad sobre el Real Madrid, sus brillantes planteamientos tácticos, el método de trabajo revolucionario, la toma de decisiones tajante con jugadores estelares que no se amoldaban a la filosofía de trabajo, su caballerosidad, la deslegitimación del método Mourinho.

Pero hay un intangible, un regalo cualitativo, un aporte inconmensurable que es la herencia más preciada que nos deja el 'Noi de Santpedor', Pep salvó el fútbol moderno de una irremediable debacle a la que marchaba sin una barrera que le impidiera su caída al precipicio.

Después del Mundial de México 86 y con algunas contadas excepciones, el fútbol táctico y físico le robó el protagonismo a la técnica, el lirismo y el respeto por la pelota. El fútbol dejó de ser un espectáculo artístico, para convertirse en un producto mercantil de robots que seguían lineamientos algorítmicos en un rectángulo verde. La pizarra sustituyó la picardía, el gimnasio reemplazó la imaginación, la disciplina sustituyó la fantasía.

Se institucionalizaron carriles y parcelas predeterminadas de las que los futbolistas no podían pasar, le cerraron el paso a la genialidad y convirtieron al mejor espectáculo del mundo, en una cita repetitiva y aburrida hacia lo predecible.

Se acabaron los viejos' wings', el  3- 2- 5, pasó a ser 5-3-1-1. el gol le dio paso al quite deslizante, el 'pressing' se tomó por asalto a la gambeta y nos condenaron a todos.

Pero Guardiola tuvo el atrevimiento de montarse sobre uno de los caballos más finos del hipódromo y llevarlo hasta la línea final en primer lugar, con una montura a la vieja usanza. Rescató la belleza del juego, demostró que era posible ser ordenado sin dejar de ser creativo, apostó por el ataque como la mejor forma de defender, le dijo al mundo que se podía ganar todo sin pegar patadas, reabrió preceptos futbolísticos que se habían quedado archivados en viejos estantes que algunos miopes no habían querido ver.

Resucitó la pared, la gambeta, el toque y desmarque, la floritura aportante, el cambio de frente, la pelota al piso, la rotación constante, la libertad al talentoso para moverse sin restricciones en el frente de ataque, el juego por sorpresa, la distracción, pasar por detrás de la jugada, el fútbol sin posiciones fijas de acuerdo a la necesidad del momento, la alegría por jugar, el respeto por las formas sobre el resultado; nos volvió a llevar al barrio cuando jugabamos con los amigos por el placer de tirar un túnel y sentirnos campeones del mundo. Nos enseñó incluso que es lindo perder con un 80 por ciento de posesión de la pelota y una decena de opciones de gol claras. Sencillamente porque el fútbol es un juego y a veces se pierde, aunque seas el mejor.

A Guardiola el fútbol tendrá que agradecerle eternamente que una nueva corriente de entrenadores y formadores a nivel mundial ahora apuestan por la técnica sobre la táctica, buenos tiempos se aproximan para el deporte amado.

Gracias Pep.

  

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